DEPREDADOR

16406952_1412311128841213_1889603009407628075_n.jpegNaciste (o creciste) depredador. Hueles tus presas y vas por ellas escudado en tu imagen e, irónicamente, en tu palabra. En tu seguridad. En tu habilidad para dar un paso y levantar admiración haciéndote eco de tus proezas. Actos humanos que elevas a la categoría de mito cada vez que conviertes la humildad en sólo nueve letras sin sentido.

Quizá fue ayer. O hace una semana, un mes. Quizá querías o quizá se te ha ido de las manos. Pero lo hiciste. Escondido, encontraste una (otra) víctima que llevarte. Por las buenas como un galán. O quizá fueron mentiras. O copas, o drogas. No lo sé y ya sinceramente no me importa. La llevaste a tu terreno. Ese en el que te conviertes en ese lobo que viste en piel de cordero. Y seguiste tu estricto ritual. Bajada su guardia, vía libre para tu voluntad. Esa que jamás entiende un “no”. Esa contra la que la sociedad lleva años luchando y animales como tú guardáis entre las zarpas.

Y te la llevas, sí. Metódico como siempre. Estudioso. No es un desliz. Ni dos dedos de frente. Ni tres copas. Lo tuyo es patológico, peligroso. La tienes en distancias cortas. Alejada del mundo. Sumergida en tu burbuja, donde tu ley es un castillo sin puertas. No sabe cómo ha entrado pero no la piensas dejar salir hasta que se rindes y entregue. No por las buenas, desde luego. Y ahí comienza tu ataque, y ahí (casi) todos van a apartar la mirada hacia otro lado. La intentarás besar aunque no quiera. La intentarás tocar aunque no quiera. La intentarás  penetrar aunque no quiera. Y sólo la fuerza de ese intento la separará de cambiarla para siempre. Cruzo los dedos con la misma fuerza que ella cruza sus piernas.

Ahora te voy a contar un secreto, aunque no te importe. Logres tu objetivo o no, ya la has roto. No va a volver a ser la misma. No va a confiar en las personas. No va a sentir su cuerpo igual. Ni los demás. Ni el alma de las personas. La has cambiado en sus cimientos y te has comido sus raíces. De alguna forma, la has matado tal y como la conocen. Y eso te convierte en un criminal.

Lo gritaré a pleno pulmón, con tanta voz como ella quiso usar y no le dejaste. No te escondas, sabemos dónde estás. Quién eres. Tus excusas.

Ni una más. Vamos a por ti.

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Publicado en blog.

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