Qué bueno dormirse.

Qué bueno dormirse.

Qué magia tiene guardada algo tan tonto como que suene el despertador y ahogarlo.

Cinco, diez minutos más. Tres primaveras. Un polvo. Cuatro cafés.

Y qué maravilla empezar un lunes, o un domingo, tacto con tacto. Calor humano, pecho y espalda, piel con piel. Tocarse con los ojos, y darse los buenos días con suspiros. En realidad no es sólo la fórmula ideal para empezar un día sino la vida. Una vida de dos, de hecho. Esas en que la otra persona cuenta tanto como tú. Ni más, ni menos. Esas relaciones que hoy extrañamente llaman “sanas”. Como si volverse loco por sus huesos o sus curvas no fuera precioso.

Qué calor hace bajo el edredón. Y qué guay es sentirlo ahora que ahí fuera hiela. Incluso aunque estuviéramos a 40º a la sombra. Es otra forma de entender la temperatura. La relación entre mis dedos y tu piel. Lo que hago y lo que sientes. Las flores y el verano que estará por llegar.

Qué lindo es, siendo persona, florecer. Crecer y abrirse. Orientarse al sol, cada vez que sale, y darse entero. Y qué más lindo es encontrar tu sol.

Qué bueno, entonces, despertar. Darte cuenta que a pesar de parecer bonito, hay algo mejor que leer todo esto: vivirlo.

Cinco, diez minutos más. Tres primaveras. Un polvo. Cuatro cafés.

Contigo.

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