Perversión.

Algún día te hablaré de perversión.

Te hablaré de miradas sádicas entre desconocidos. De significados entre líneas menos violentos que entre sábanas. Y de sábanas que tienen mucho que callar acerca de gritos y gemidos.

Te hablaré de la perversión disfrazada de miradas limpias en azules cristalinos. De pecas entre las que bailar con la yema de los dedos y de cómo la cara de una princesa puede volverse el retrato de una reina en un infierno vasto. De cómo cuatro paredes pueden convertirse en hectáreas sobre las que correr y correrse en maratones más allá de lo carnal. De vicio.

Te hablaré de las cosas que no son lo que parecen y de las cosas que sí lo son, pero que con habilidad e hipnotismo podemos cambiar. El arte de hacer magia con las personas y con los momentos. Lo oscuro que resulta saberse capaz de convertir un “no” en un “sí”. Lo increíble de entender la verdad detrás de un “quizá” y convertirlo en un arma mortal. Para acabar matando, siempre a traición, de placer. Qué si no es perversión…

Te hablaré de cuentas y deudas que sólo se pagan con sudor. De oler la sangre. De saber que la tragedia se encuentra a sólo cuatro botones. Una cremallera. Látex.

De perversión te hablaré. Trataré de pervertirte. De lograr que recuerdes a Dios pese a confesarte atea. Aunque en mi templo sólo te rece a ti y a tus labios. A todos ellos.

De mi perversión. De encontrarte desnuda mirándome a los ojos. Aunque las luces estén apagadas.

Yo te hablaré de perversión. De brillar ya te encargas tú.

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