Diciembre

Te acercas a diciembre. O quizá diciembre se acerca a ti. Esos momentos del año en que te has de abrigar con tantas capas como abrazos te falten. O quizá besos. Las mañanas en que sales de la ducha y tiritas, ya no por la ropa que no te pones sino la que ya no te quitan. Y no abres las puertas por miedo al frío, o quizá por miedo a mí. A que te dé esas horas acurrucados calentitos que sabes que, si algún día te faltan, dolerán seguro.

Pero te olvidas que yo ya sé lo que es eso de que se vayan. Mi palabra es de verdad. Cuando hablo es para que cale hondo en tu cabecita. Como el frío en tus huesos. Como diciembre en tu corazón. Como tu cuerpo en el mío la primera vez que nos escondimos entre sábanas.

Y así nos va. Somos un apagón que debería ser supernova. Un derroche de electricidad y energía como para iluminar Nueva York durante cincuenta siglos, al que le han fallado los plomos. Y así nos va, a las puertas del desastre. Tú tan empapada y yo tan dispuesto electrocutarme con tu piel.

Que sí, soy un temerario. En diciembre o en abril. He dejado de negociar con los problemas y mi capacidad para venirme abajo. Llega diciembre y como llega, pasará. Sumaremos otro mes y creceremos. Nos acercaremos a un techo que no existe. Entre mis brazos, pero con tus alas como ascensor. Voy a arreglarlas. Y no vas a dejar de subir nunca. Le pese a quien le pese.

De eso me encargo yo.

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